El eje del tiempo

Es tarde…
No has visto el eje encorvado de la ternura
cuando saltó las barreras
de los umbrales revestidos
de mimosas rosadas.
Llevaba su traje oloroso
al mastranto de los tiempos,
sus azahares brillaban
con los minutos tácitos
que guardaste en el saquillo de los olvidos.
Quieto, observó el camino
plantado de violetas solas,
Las abrazó con la soledad escarbada
en las piedras mansas
de la rigidez ocre.
Solo divisó el escudo del alma
barroca de los siglos
y el desierto de los espejos
que irradian sombras
de finales turbios.
El eje se durmió de cansancio
su seriedad sucumbió
ante la inclemencia del sol persistente
perdido en el cielo de los quimeras.

Mariela Lugo

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